Un Dios que te prepara el desyauno

A Pedro le había ido mal. Todo mal. Imaginate por un segundo: tenés un mejor amigo. Tu mejor amigo es también tu Maestro, es el que te sacó de la vida monótona que llevabas y te dio un propósito y un sentido. Tu mejor amigo no se lleva bien con los políticos de la época. Sabés que quieren deshacerse de él, pero no te imaginás cuándo ni cómo. Hasta que el momento llega. Sin darte cuenta cómo, lo arrestan, se lo llevan y tu amigo, ese con el que compartiste viajes, cenas, historias, ese que dio vista a los ciegos, sanó paralíticos y resucitó muertos, pasa a ser un criminal.

Seguís a los guardias, mirás el juicio de lejos, con miedo de correr la misma suerte. Y entonces, los que están alrededor tuyo te miran: sos parecido a él. Hablás igual, te movés igual. Tres años con él cambiaron tu vida de tal manera que hasta por afuera se nota. Y viene la pregunta: ¿vos no estabas con ese Nazareno? Te llenás de miedo. Miedo desde lo más profundo de tu interior. Si a él lo van a matar, ¿no harán lo mismo con vos? Y entonces, de repente, te escuchás diciendo eso que tantas veces prometiste nunca decir: “No, no lo conozco”. Tres veces. Tal como Él lo había predicho. Le dijiste que lo seguirías hasta la muerte, y sin embargo, acá estás, diciendo que nunca lo viste. Y es en ese momento, en ese preciso momento que Él, a la distancia, se da vuelta y te mira fijo. Él sabe. Él sabe todo y te mira, no con enojo, sino con dolor. Y ahí tu vida se desarma.

Llorás, llorás como nunca pensaste que se podía llorar. Y te llegan las noticas: lo crucificaron. Murió. Se fue. Los sucesos que siguen son confusos: el sepulcro vacío al tercer día, las mujeres diciendo que lo vieron vivo. Pero para vos está todo acabado. Aún si estuviera vivo, ¿para qué le serviría un amigo traidor? Ya no tenía sentido seguir sin un guía. Así que tomás una decisión: es hora de volver a la pesca. Sí, después de tres años de seguir a tu Maestro, es hora de retomar la vida normal.

“Estaban juntos Simón Pedro, Tomás (al que apodaban el Gemelo), Natanael, el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo, y otros dos discípulos.

—Me voy a pescar —dijo Simón Pedro.

—Nos vamos contigo —contestaron ellos.

Salieron, pues, de allí y se embarcaron, pero esa noche no pescaron nada.” Juan 21:2-3

Toda la noche de pesca, y nada. Tu vida como discípulo terminó en fracaso y, al parecer, tu vida como pescador no tiene demasiadas perspectivas. Acabado. Vencido. La noche había sido larga y a esta altura tenés hambre.

De repente, una voz desde la orilla pregunta si tienen algo de comer. No sabés si reír o llorar. Alguno le responde, un poco de mala gana, que no tienen nada. Entonces, el hombre les hace una sugerencia:

“—Tiren la red a la derecha de la barca, y pescarán algo.

Así lo hicieron, y era tal la cantidad de pescados que ya no podían sacar la red.” Juan 21:6

La red llena de peces. Todos los peces del lago juntos en tu red. Juan es el primero en darse cuenta: “¡Es el Señor!”. Y ahí lo entendés: tu Señor, ese Jesús al que abandonaste, al que negaste, vino a buscarte. Vino a buscarte a vos, que ya no estás reunido con los otros discípulos, que intentaste retomar tu vida como si él no hubiera existido. Y en ese momento, sin pensarlo, sin aguantar un segundo más, te tirás al agua y nadás hasta la orilla. Nunca nadaste tan rápido.

Cuando llegás, te encontrás con tu Amigo. No solo te vino a buscar: te preparó el desayuno.

 Al desembarcar, vieron unas brasas con un pescado encima, y un pan.

—Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar —les dijo Jesús.

Simón Pedro subió a bordo y arrastró hasta la orilla la red, la cual estaba llena de pescados de buen tamaño. Eran ciento cincuenta y tres, pero a pesar de ser tantos la red no se rompió.

 —Vengan a desayunar —les dijo Jesús.” Juan 21:9-12

Y así, de repente, te sentás a desayunar con tu Maestro. A compartir tiempo, a charlar, a comer juntos, como lo habían hecho tantas veces antes. Tu Maestro te lleva a caminar y, una vez más, logra llegar a lo más profundo de tu terco corazón. Vos lo sabés todo, Señor, vos sabés que te amo. Tu Dios te perdona, y te prepara el desayuno. Y después de eso ya nada en tu vida puede ser igual.

Yo creo en un Dios que me prepara el desayuno. Creo en un Jesús que me ama a pesar de todos mis errores, mis caídas, mis dudas. Un Jesús que me busca y me cuida, como un amigo, como un padre. Un Dios que, teniendo el universo entero en sus manos, decidió venir a este mundo a padecer frío, calor, cansancio, dolor infinito, solo para poder acercarse a mí. Ese es, sin dudas, mi Dios.

[divide]

Autor: uno de nosotros.

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