Ser el mejor

Fue una conversación de hospital. Quizás lo inevitable de la situación nos había puesto más serios, más pensativos. La verdad es que nunca habíamos hablado mucho. Cuando uno es chico, cree que la gente más grande no es interesante y por lo tanto la anula como fuente de conocimiento. En algún punto, sin embargo, a medida que crecemos nos damos cuenta de que cada persona es un mundo infinito, lleno de experiencias, ideas, historias, y por ahí empezamos a dedicar un poco de tiempo consciente a captar todo eso que tienen para decirnos.

Yo estaba en algún lado entre esos dos extremos. Confieso que no tenía grandes expectativas de charla cuando mi tío se sentó al lado mío. Estaba más acostumbrada a escucharlo conversar con mi papá, mirando de reojo. Pero acá estábamos, la sala de espera quieta, mi papá visitando a su hermano internado, y nosotros dos, mi tío y yo.

“¿Y vos qué hacés?”.

Le conté un poco de mi vida, de mi trabajo. Nunca creí que hubiera gran gloria en lo que hago. La charla fue y vino, quizás un poco superficial, hasta que mi tío, que sabe muy bien cómo ir a lo importante, mi dio un consejo simple, pero tan, tan importante. Me dijo: “Hagas lo que hagas, tenés que ser el mejor. No importa si sos mecánico, maestra, contador, traductora; tenés que ser el mejor en lo que hacés.”

A otro podría haberle argumentado que primero hay que predicar con el ejemplo, pero no a él: instalado en el medio del campo la gente viajaba kilómetros y kilómetros para traerle trabajos para hacer, porque sabían que él era el mejor en lo que hacía.

¿Y cómo predico con esto, tío? La primera vez que lo escuchamos puede hasta sonar engreído, casi anti-cristiano. Pero en realidad no es así: ser el mejor hace que los demás se pregunten qué hay de especial en esta persona que no hace las cosas a medias, solo “para que alcance”, “para que dure un tiempo”, “para zafar”. Cuando sos el mejor, los demás se preguntan qué te motiva. Y nosotros tenemos la respuesta exacta:

“Y todo lo que hagan o digan, háganlo como representantes del Señor Jesús y den gracias a Dios Padre por medio de él.” Colosenses 3:17

Represento a Jesús cuando doy clases. Represento a Jesús cuando cierro un balance. Represento a Jesús cuando pago a los proveedores. Represento a Jesús cuando arreglo un auto. Represento a Jesús cuando pinto. Represento a Jesús. Todo el tiempo, y cada vez que decido en mi corazón “no amoldarme al mundo actual, sino ser transformado por medio de la renovación de mi mente” (Romanos 12:2) estoy representando a Jesús. Y no se me ocurre una mejor manera de representarlo que siendo el mejor en cada cosa que hago.

Así que gracias, tío. Nunca dejes de ser el mejor.


Autor: Uno de nosotros.

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