Mi lugar en la mesa

Luego de analizar una de mis eventos preferidos, una buena mesa de comida, descubrí que ya sea en una casa, patio, parque o fino restaurant, cada uno tiene un lugar preferido de la mesa. Cada cual tiene su razón, los comensales cercanos, la vista del lugar, la posibilidad de oir algo en particular (punto de espionaje), la proximidad con la cocina, o mi favorito, la proximidad a la parrilla. Ese lugar no es negociable, ya es sabido a quien pertenece, como olvidar ese legado familiar, que designa a quien corresponde la cabecera de la mesa.

Una historia me conmovió hace un tiempo, una gran mesa, servida con categoría, invitados exclusivos. No cualquiera compartiría esa oportunidad, un maestro cuya popularidad y renombre iban en ascenso, accedió a disfrutar una cálida velada en casa de otro maestro. Los temas de conversación no serían azarosos, no cualquiera podría captar la profundidad de sus enseñanzas, no cualquiera llegaría a interpretar el sentido de sus charlas. No, ese lugar era especial para un nivel destacado de invitados.

Mientras transcurrían esos elogiables intercambios, en escena aparece una cualquiera. Sin ninguna muestra de educación se inmiscuye, sin invitación que la acredite llega hasta la mesa. Pero que se le ocurría a esta cualquiera para tomar semejante actitud.

A este personaje no la movilizaban los alimentos, ni la acaudalada vivienda, ni el nivel de los debates, sinceramente, no le interesaba pertenecer a ese importante evento. No se presentó, ni siquiera intentó una explicación o argumento.

Su única ambición era literalmente arrojarse a los pies de ese maestro, Jesús lo llamaban. Con sus manos, cabellos, perfumes, lágrimas y besos no cesaba de lavar los pies del destacado invitado de aquella reunión.

Que suceso extraño, que falta de respeto, todo muy inoportuno.

Si ese tal Jesús era un verdadero maestro y supiera algo de la vida de esa cualquiera, no permitiría tal deshonra en este lugar.

Jesús enseña que la única que entendió frente a quien se encontraba en esa reunión, fue aquella cualquiera. La movilizaba la sed de perdón, el arrepentimiento, el peso de una vida desprestigiada. No fue una cena más, ese encuentro cambió su realidad, ese ardor por encontrarse con aquel quien pudiera darle un nuevo sentido a su vida, hizo que una cualquiera obtuviera perdón. No cualquier perdón, esa historia dice mucho perdón, ese perdón que te llena de paz.

Estos días la palabra paz estuvo lejos, muy lejos de mí. Me sentía incómodo en cada lugar, insatisfecho con quienes me rodeaban, tan desilusionado que me costaba expresar tal desconsuelo. Y no fue hasta que repasé en qué lugar de la mesa me encontraba.

Mucho tiempo me la pasé sentado buscando respuestas, tantas veces solo me dediqué a escuchar, y otras veces estuve ausente un largo tiempo. Me sorprendí juzgando a quienes me rodeaban, a mis amigos, mi propia familia, renegando su forma de pensar y actuar, su forma de vivir su fe. Mis consecuencias, la de los demás, las heridas que me causaron, las que yo causé, todas mis dudas, mis temores, cada uno de mis grandísimos errores, solo encontrarían consuelo en un lugar de la mesa, a los pies de Cristo.

No es un lugar cómodo, no es el lugar que muchos aspirarían obtener, diría que es lugar que va a costarte tu orgullo (y créeme que conozco del nivel de orgullo que te hablo). Ese lugar no filtra status, ni renombres, coeficientes intelectuales, edades, personalidades, reclama una actitud de lo íntimo del ser.

Como seguidor de este maestro, tengo que decir que pocos veces mostré ese nivel de perdón hacía alguien, como resultado, muy pocas personas lo han hecho conmigo. Si me sentía incómodo, era porque no hallaba perdón en las charlas, lugares, relaciones. Esos templos, hogares, escuelas, calles, llenaban la mesa… Pero el lugar de los pies de Cristo estaba vacío.

Reconocer eso dolió. Era una historia tan conocida para mí, y aún así me conmovió como nunca.

Aún hoy la repaso, y me es tan fácil querer buscar un lugar más cómodo, menos expuesto, como me molesta que los demás puedan ver mis errores.

A los pies de Cristo encontré paz, encontré perdón, encontré una satisfacción que había perdido hace mucho, El conoce lo íntimo de mis actos, y aún así me reserva ese lugar, y yo ya dejé de buscar otros lugares. Aún me sigo equivocando, aún veo a personas equivocarse, pero sonrío más seguido, porque aprendí que cualquiera puede sentarse en ese preciso lugar donde hallar GRACIA y darle un nuevo rumbo a su vida. 

¿Elegiste tu lugar de la mesa hoy?

 “Por lo cual te digo que sus pecados, que son muchos, han sido perdonados, porque amó mucho; pero a quien poco se le perdona, poco ama.” Lucas 7:47

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Escrito por uno de nosotros.     

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