La disciplina de la Perseverancia

“Corramos con perseverancia la carrera que tenemos por delante” Hebreos 12.1

Perseverar significa: Persistir en un estado, empresa o tareas a pesar de las influencias contrarias, oposiciones o desalientos. El Dictionary of Biblical Imagery dice que: la perseverancia está enraizada en la confianza en el Señor. Es producida por el sufrimiento (Romanos 5.3; Santiago 1.3) y produce carácter, “para que seaís perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna” (Santiago 1.4, Romanos 5.4)

Encaremos esto de entrada: el sufrimiento está asociado con el desarrollo de la perseverancia. A medida que vamos comprendiendo mejor lo que enseñan las Escrituras sobre los beneficios espirituales de la perseverancia, podemos mirar hacia el futuro con esperanza en vez de temor.

Lo que se consigue por medio de la perseverancia no es rectitud sino madurez. Este proceso de maduración involucra normalmente pruebas.

En las Escrituras se utiliza dos palabras para referirse a las pruebas. La primera compara lo que nos ocurre durante las pruebas con lo que ocurre con el metal cuando éste es refinado. Se aplica calor, y las impurezas suben a la superficie donde se quitan, logrando así que la sustancia sea más pura. La otra palabra para pruebas significa tentar, y el objetivo del tentador es destructivo. Los cristianos debemos perseverar a través de muchas pruebas y tentaciones si es que vamos a madurar y ser refinados.

Pedro había sido perfeccionado por medio de las pruebas y tentaciones que había sufrido. Él perseveró. Él soportó muchas dificultades. Él no abandonó la lucha a pesar de los fracasos, temores, y los ataques de Satanás. Las palabras de Jesús a Pedro en el Aposento Alto nos da una idea sobre lo que estaba haciendo Dios: “Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tu una vez vuelto, confirma a tus hermanos” (Lucas 23.31)

La voluntad de Dios para la perfección de Pedro incluía el ser zarandeado como trigo por Satanás. Antes de que comenzara el zarandeo, primero tuvo que pasar por las oraciones de Cristo y la mano misericordiosa de Dios. Y así es como funciona para nosotros.

Cuando nos sentimos zarandeados, no debemos perder de vista la realidad de que Dios está en control y que Cristo y el Espíritu Santo están orando por nosotros, así como lo hicieron por Pedro. Debemos recordar que Cristo “puede salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (Hebreos 7.25)

Romanos nos revela la increíblemente íntima obra de intercesión del Espíritu en favor nuestro: “Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. Mas el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos” (Romanos 8:26-27)

Cuando tomamos conciencia de la realidad de que tanto Jesús como el Espíritu Santo oran por nosotros, recibimos poder para perseverar.

Mi enfermedad, mis pesares, mis pruebas habrán de ser, por supuesto, diferentes a las de ustedes. Es importante recordar que cada uno de nosotros hemos sido llamados a correr una carrera diferente. Pero sean cuales sean las dificultades que nos toca vivir: relaciones quebrantadas, infertilidad, soledad, fracaso, enfermedad, problemas financieros, persecución religiosa, todos nosotros necesitamos perseverar. De modo que debemos dejar de lado las comparaciones con los demás y en cambio mantener nuestra propia carrera y galardón delante de nosotros, como lo hizo el apóstol Pablo: “He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, me he mantenido en la fe. Por lo demás, me espera la corono de justicia que el Señor, el juez justo, me otorgará en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que con amor hayan esperado su venida” (2 Timoteo 4. 7-8)

Estamos de acuerdo en que la parte más difícil de una carrera es la mitad. Al comienzo tenemos energía y entusiasmo. Sentimos que podemos hacer cualquier cosa. Pero a medida que avanza la carrera, comenzamos a cansarnos. Parece que hace tanto comenzó la carrera, y la línea de llegada parece estar tan lejos. Cada paso que tomamos es más doloroso que el anterior. Pero luego llegamos al punto en que podemos ver que se acerca el final. La recompensa se encuentra a la vuelta de la curva, y recibimos ese bendito “segundo aliento” que nos estimula a llegar a la meta: el mismo Señor Jesús.

¿Qué nos puede ayudar a seguir corriendo en la mitad de la carrera? Jesús. Pensemos en Él “quien por el gozo que le esperaba, soportó la cruz” Nosotros debemos también “(tener) por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse” (Romanos 8.18), ¡No nos demos por vencidos!

Sigamos mirando a Jesús “Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que nuestro ánimo no se canse hasta desmayar” (Hebreso 12.3)

Aceptar los desafíos del sufrimiento en una forma que glorifique a Dios requiere disciplina. Pero la perseverancia es una disciplina que todos podemos desarrollar sometiéndonos diariamente a la voluntad de Dios, no importa cuántos deberes irritantes e insignificantes o tragedias a gran escala debamos sufrir, porque ésta es la voluntad de Dios para nosotros. Escuchemos a Pablo: “Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios” (Hechos 20.24). y ahora me uno a Pablo y digo: “Y el Señor encamine vuestros corazones al amor de Dios, y a la paciencia de Cristo” (2 Tesalonicenses 3.5)


Extraído de:  Las disciplinas de una mujer piadosa – Barbara Hughes –

Corramos con paciencia

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