La cruz es eternidad

Los acontecimientos que sucedieron en la víspera de Pascua hace ya casi dos mil años pueden dañar la susceptibilidad del receptor. No es común hablar de una muerte como un acto de amor. El derramamiento de sangre no suele ser afectivo y pocos son aquellos que dan la vida por sus amigos (Jn 15:13). Aún los que ponderan el slogan “Donar sangre, es dar vida”, vagamente se atreverían a quedarse sin una gota en favor de muchos (Is 53: 11). A la muerte y el miedo se los ve caminar de la mano pavoneándose por las calles del inconsciente colectivo haciendo helar la sangre de todos a su paso; puesto que ha puesto eternidad en sus corazones (Ec 3:11) es al ñudo esconder la sensación que provoca el deceso. Además, “Si me amás quedate conmigo”, es la moneda corriente entre aquellos que se dicen amantes. Esto hace difícil comprender el acto de la Cruz; ya que, si en Él habitó corporalmente toda la plenitud de la deidad (Col 2:9), podría haber pasado la copa (Mt 26:39) y hecho todas las cosas nuevas (Ap 21:5), sin derramamiento de sangre. Pero sin esto último no hay remisión de pecados (He 9:22). La Cruz fue necesaria. La Cruz es señal de amor. La Cruz será la garantía.

El que dijo: “No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis”, es aquel en quién las promesas de Dios son Sí y Amén (2Co 1:20). La Cruz no fue el final sino el principio. Dios ha escrito la historia de la humanidad desde la eternidad y hacia la eternidad (como dijera el salmista en Salmos 90:2 LBLA), poniendo la Cruz como epicentro del sismo que derrumbaría toda estructura hecha por manos de hombre, brindando eternidad a todo aquel que cree en ella (Jn 3:16) y decide cargarla día tras día (Lc 9:23). La Cruz es eternidad.

En cambio, ustedes han llegado al monte Sión, a la ciudad del Dios viviente, a la Jerusalén celestial, y a incontables miles de ángeles que se han reunido llenos de gozo. Ustedes han llegado a la congregación de los primogénitos de Dios, cuyos nombres están escritos en el cielo. Ustedes han llegado a Dios mismo, quien es el juez sobre todas las cosas. Ustedes han llegado a los espíritus de los justos, que están en el cielo y que ya han sido perfeccionados.  Ustedes han llegado a Jesús, el mediador del nuevo pacto entre Dios y la gente, y también a la sangre rociada, que habla de perdón en lugar de clamar por venganza como la sangre de Abel” (Heb. 12:22-24 NTV).

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