Escuchar

Escuchar

Por Micaela Oszurko


Oh Dios, ¡escucha mi clamor!
¡Oye mi oración!
Salmo 61:1

Pero en mi angustia, clamé al Señor;
sí, oré a mi Dios para pedirle ayuda.
Él me oyó desde su santuario;
mi clamor llegó a sus oídos.
Salmo 18:6

¡Oh Señor, oye mi oración!
¡Escucha mis gritos de auxilio!
No cierres los ojos ante mis lágrimas.
Pues soy tu invitado,
un viajero de paso,
igual que mis antepasados.
Salmo 39:12

¿Qué es escuchar? Cuando David habla de sus pedidos a Dios, le pedía que escuche su oración, que le preste atención. Muchas veces cuando oro una y otra vez por lo mismo, siento la necesidad de decirle eso mismo a Dios: ¡Escúchame! ¡Préstame atención! ¡Esto es importante!

Y sin embargo, del otro lado, nada. Silencio. Tiempo que pasa.

Hace unos días escuché a una mamá contar una historia sobre su hija de un año y medio. Todas las tardes, a la hora de la siesta, la mamá deja a su bebé en la cuna para que duerma un rato (unos días viviendo con una familia con niños pequeños me bastaron para aprender que el momento de la siesta es CLAVE para que el resto del día pueda seguir con normalidad). Para un niño es importante descansar. Pero no a todos los chicos les gusta dormir la siesta. Yo solía dar vueltas, girar, hacer la vuelta carnero en la cama, porque “estaba en la cama”, pero dormir, bien gracias. A esta beba tampoco le gusta dormir. Cuando su mamá la deja en la cuna, empieza a llorar y llorar.

Esta mamá, una mujer de Dios, decía que esta situación la hizo pensar en cómo nosotros somos tan parecidos a un bebé en nuestra vida espiritual. Cuando su hija llora, ella la escucha, sabe que está ahí, pero también sabe que ella necesita dormir, que ese tiempo de descanso es necesario para su crecimiento.

¿No será que nuestro Dios a veces es un poco parecido? Cuando lloramos, gritamos, nos quejamos, protestamos, Él está a dos pasos de distancia, detrás de esa puerta. Él nos escucha. Pero escuchar no significa responder al instante. David dice que Dios lo escuchó, y no tenemos dudas de que así fue. Dios nos escucha a nosotros cada vez que nos acercamos a él. Él ve nuestro desánimo, nuestra frustración, pero también sabe que lo necesitamos para crecer, para acercarnos a Él.

Las soluciones no le llegaron a David de un día para el otro. Las dificultades siempre existieron, aun cuando ya era rey. Dios nunca dejó de escucharlo y nunca dejó de amarlo. Pero muchas veces la respuesta no fue inmediata: David tenía que crecer. Y nosotros también.

Nunca dudes de que Dios te escucha. Él está siempre ahí. Pero también sabe que necesitamos crecer, avanzar y que darnos todo lo que le pedimos no va a resultar en nuestro beneficio. Él sabe lo que es mejor. En cuanto a nosotros, lo mejor que podemos hacer es confiar en que Él nos dé lo necesario cuando sea Su tiempo… y no el nuestro.

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