El espejo

Pero nosotros todos, con el rostro descubierto, contemplando como en un espejo la gloria del Señor, estamos siendo transformados en la misma imagen de gloria en gloria, como por el Señor, el Espíritu.”

2 Corintios 3:18

Hoy es común que los famosos no permitan que les saquen fotos a menos que les avisen. Hay mucha producción detrás de una foto para evitar y tapar defectos. Ni hablar del Photoshop que logra que una mujer de 60 parezca una chica de 20. Sin llegar a ese extremo, vos y yo también nos producimos al salir.

Sería una vergüenza ir a trabajar o al colegio de la manera que nos levantamos de la cama a la mañana. Lagañas en los ojos, el pelo revuelto y sucio, mal aliento, transpiración… son las consecuencias más visibles de una noche apacible de sueño pero resultan desagradables de ver en otros.

Así que antes de salir de casa, nos miramos bien en el espejo para arreglar cualquier defecto, peinarnos y producirnos. Las mujeres se pintan, los hombres se afeitan. Nos arreglamos la ropa y salimos. ¡Menos mal que existe el espejo! Si no hubiera sido inventado, no tendríamos donde mirarnos para descubrir nuestros defectos.

La Gloria de Dios debería tener el mismo efecto en nuestra vida. Tanta perfección, tanta belleza, tanto poder, tanta gloria debería ser la referencia en la cual deberíamos comparar nuestra vida cotidiana para limpiar o corregir los defectos que vemos. Pero este espejo lo dejamos siempre escondido en el fondo del placard del corazón. Preferimos no mirarlo porque nos revela con demasiada crudeza los defectos de nuestra alma.

Pablo sabía muy bien de este análisis y por eso le recomienda a los corintios, y también a nosotros, que nos miremos bien en el espejo de la gloria de Dios para transformar nuestros defectos. Es un espejo que revela, con lujo de detalles, cada imperfección en nuestras vidas.

Por eso, es un muy buen ejercicio mirarnos cada día al espejo de Dios y, con la misma rapidez con la que mejoramos nuestra imagen a la mañana, que podamos mejorar cada día nuestra alma para que se parezca cada vez más a la imagen que Dios nos muestra de sí mismo. Es el mejor ejemplo a seguir, sería ideal que podamos verlo cada día.

Cambia tu imagen. Refleja a Dios.

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