De “¡Hosanna!” a “¡Crucifícale!” en sólo 5 días

“Y los que iban delante y los que venían detrás daban voces, diciendo: ¡¡Hosanna!! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!” Mateo 21:9.

 “(…) pero ellos continuaban gritando, diciendo: ¡Crucifícale! ¡Crucifícale!” Lucas 23:21.

 

Los versículos precedentes remiten a dos historias bíblicas. La primera de ellas es llamada La Entrada Triunfal, es decir, aquél momento en que el Señor Jesús regresó a Jerusalén, y su Pueblo le recibió como a un Salvador, colocando a su paso mantos y palmas, y reconociéndole como un verdadero Rey. La segunda historia refiere a las mismas personas, también gritando, pero esta vez palabras muy distintas: pedían que ese mismo Jesús, su propio Rey, fuera condenado a Muerte por Crucifixión.

Recuerdo con mucha claridad la primera representación bíblica acerca de la vida de Jesús a la que asistí en mi vida. Tenía 10 años, aproximadamente. La obra de teatro se llamaba “La Promesa”. El lugar era la “Iglesia Transparente”, ubicada en la calle Tinogasta del barrio porteño de Villa Real. Los actores: primos, tíos y conocidos. Interpretaciones musicales y actorales de excelencia, realizadas por miembros de la Iglesia Cristiana Evangélica Ucraniana de Caseros. Realmente un musical de impacto, gracias al cual, por Gracia de Dios, muchos llegaron a los pies de Cristo. Hasta el día de hoy tengo presente en mi mente el momento de la obra que me causó el mayor impacto: ver a las mismas personas que aclamaban “¡Hosanna!” (una palabra derivada del idioma Hebreo, cuyo significado es “Sálvanos, Libértanos”), transformarse en la siguiente escena en verdugos que pedían “¡Crucifícale!”, en referencia a Jesús, decretando así la más cruenta y vergonzosa muerte que se le ha dado a un hombre desde el comienzo de los Tiempos. A mi temprana edad, identificaba y reconocía los rostros de quienes lo hacían, sin poder separar a las personas del personaje, y no podía comprender cómo podían actuar con semejante falsedad y cinismo. Hoy, con el paso del tiempo, y aun faltándome muchísimo por recorrer, entiendo que de haber vivido en los tiempos de Jesús, hubiera hecho exactamente lo mismo que hicieron aquellos a quienes juzgué.

Ya pasó la celebración de la Pascua y, junto a ella, el furor de la Semana Santa. Ya se proyectaron las películas clásicas en los canales de televisión y por pantalla grande en Templos y Plazas. Ya vimos “La Pasión de Cristo” y nos volvimos a emocionar. Ya comimos los huevos y las roscas. Fuimos a cada una de las celebraciones especiales que se realizaron en nuestras Iglesias. Ya pensamos en la Muerte y en la Resurrección de Cristo. Lloramos. Gozamos. Reímos. Ya leímos: “Consumado Es” y “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?”. Ya cantamos “Por sus Heridas Libre soy”, “Oh, yo siempre amaré esa Cruz”, “Vivo Está, en el Cielo puedo entrar”, “Confiar en Él es mi placer, morir no temo yo”, “Me has  lavado, oh Señor, conozco hoy tu abrazo y tu perdón”, y tantos otros himnos y canciones que amamos entonar, cuyo orden en cada servicio de Pascuas conocemos de memoria (“A Jesús Crucificado lo llevaron al Jardín” va en la Reunión del Viernes, y “Cristo la Tumba Venció” va el Domingo, ¡ni se nos ocurra cambiar el orden!).

Hoy es jueves 20 de abril de 2017. Han transcurrido 5 días desde el domingo. Pregunto: ¿qué es lo que estamos gritando en este momento? ¿Hosanna o Crucifícale? Quiero que se me interprete bien: seguramente ninguno de nosotros se encuentre vociferando a los vientos y por las calles “Crucifícale” u “Hosanna”. Si alguno tiene pensado hacerlo, le advierto que sería un evento digno de replicar en la tapa de algún periódico amarillista. Lo que quiero plasmar es que, en ocasiones, nuestros hechos son mucho más elocuentes que nuestras palabras. No es necesario pedir con palabras la muerte de Jesús cuando lo estamos haciendo con nuestras acciones. Durante esta corta semana, en algo nos hemos equivocado. Fallamos. Digámoslo como hay que decirlo y sin “caretearla”: Pecamos. Lamento decirlo, pero por más que nos disguste, es así (Dios quiera que puedas negarlo y Gloria a Él si es así, pero lo veo muuuuuy difícil). Antes de hacerlo, ¿se nos cruzó por la cabeza en, algún momento, que estaríamos pisoteando la Sangre de Jesús vertida por amor a nosotros?

Sólo unas pocas preguntas más: ¿seguimos viviendo con la misma intensidad del fin de semana pasado? Durante estos pocos días, en los cuales nos rencontramos con nuestras rutinas laborales, académicas y domésticas: ¿reflexionamos por lo menos por unos minutos acerca del sacrificio de Salvación que realizó Jesús por cada uno de nosotros, muriendo en una Cruz por nuestros pecados y resucitando al tercer día? ¿O las lágrimas por su Muerte y el gozo por su Resurrección fueron sólo pasajeros? Las emociones, en sí mismas, no son malas. Pero no debemos permitir que ellas nos dominen. Es lógico y entendible que días como los que acabamos de vivir nos sensibilicen, y es natural que estemos más dispuestos a revisar nuestras vidas. Pero ¿acaso Jesús merece que valoremos su esfuerzo de amor sólo una vez al año (o, a lo sumo, el primer domingo de cada mes)?

Con esta simple reflexión te invito a que juntos podamos pensar a diario en que Aquél que es perfecto, quien se hizo hombre, y murió como el peor de los ladrones, para darnos Vida, y una Vida -permitime recalcarlo pues lo creo con mi corazón- en A-B-U-N-D-A-N-C-I-A.

Desafío: que los días previos a la Semana Santa del 2018 nos encuentren viviendo EN y POR el Amor de Jesús.

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Escrito por uno de nosotros.

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