Crecer: tu decisión

Mateo 19:13-15

Imaginemos esta escena: Jesús, rodeado de personas, intercambiando opiniones sobre diferentes interpretaciones de la ley.

¿Quiénes eran los presentes? Infaltables los fariseos y escribas atentos a cada palabra dicha por Jesús y a la espera de la mínima oportunidad para desacreditarlo, pero no eran los únicos.

La Biblia nos cuenta que una multitud seguía a Jesús. En esta escena se puede contemplar a familias completas: Padres e hijos juntos escuchando a Jesús.

Miremos más de cerca a estos padres. Seguramente habían sido testigos de las maravillas que Jesús hacía. Sin embargo, no trajeron a sus hijos en busca de milagros o de respuestas para suplir sus necesidades. Tan solo buscan que Jesús los toque y ore por ellos. Sencillamente un toque de Jesús. Ellos saben que sin Cristo, la familia va directo a la muerte espiritual.

Hermoso momento ver a familias completas acercarse a Jesús, ¿verdad? Resulta interesante reflexionar respecto de nuestra vida: ¿solemos acercarnos a Jesús sencillamente para estar con Él? ¿Vamos a pasar tiempo en silencio con Él o siempre vamos con nuestra lista de pedidos?

Pero retomemos nuestra historia. La escena se ve interrumpida por la acción de los discípulos.

A éstos podemos imaginarlos como figuras firmes y frías que aún no comprenden el plan de Jesús. Ellos consideran que los padres interrumpen un momento teológicamente importante y  actúan retándolos por molestar.

En pocas palabras, realizan un mal diagnóstico y por consecuente, obran erróneamente. Mal interpretaron la necesidad de los necesitados.

Y en este contexto, los niños se encuentran tironeados espiritualmente ente ambos bandos. Y allí, en ese preciso momento interviene Jesús para generar confianza y abrir caminos.

¡Qué importante es que nos ocupemos de nuestro crecimiento espiritual! Cuando dejamos de ser niños, espiritualmente hablando, somos sensibles al entorno de la familia de Dios.

En 1° Corintios 13:11 Pablo expresa su experiencia de conversión a partir del evangelio de Cristo; realizando un paralelismo entre el antes y el después hasta llegar a un período de madurez. Pablo nos enseña que no se puede exigir al niño que actúe como un adulto.

Al pensar en las actitudes propias de un niño, es imposible no mencionar los caprichos y berrinches; y como cristianos, el berrinche espiritual manifestado en desplantes y desobediencia refleja un  corazón no entregado a Jesús.

Pablo dice “ya no soy el de antes, crecí, maduré en el pensamiento, en el habla y en la comprensión”. El hijo de Dios debe experimentar un crecimiento integral. No podemos quedarnos en los rudimentos de la fe. Si no buscamos ese crecimiento espiritual y los cambios que éste genera, sólo conseguimos fijar nuestros caprichos.

¿Realmente crecimos en Cristo? ¿Apelamos a un crecimiento espiritual una vez por semana o buscamos a Dios todos los días?

En cambio si nos preguntáramos ¿Cuál es la esencia del niño que debemos conservar? La respuesta seria sencilla: la confianza pura.

¿Confiamos puramente en Dios?

Desafío: Debemos testificar que ya no queda nada de lo que éramos antes. El cambio debe ser una realidad en nuestra vida.

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