Claro que sí

“- Maestro, queremos que nos hagas un favor.
– ¿Cuál es la petición? – Preguntó él.
Ellos contestaron:
– Cuando te sientes en tu trono glorioso, nosotros queremos sentarnos en lugares de honor a tu lado, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda.
Jesús les dijo:
– ¡No saben lo que piden! ¿Acaso pueden beber de la copa amarga de sufrimiento que yo estoy a punto de beber? ¿Acaso pueden ser bautizados con el bautismo de sufrimiento con el cual yo tengo que ser bautizado?
– Claro que sí – contestaron ellos – ¡Podemos!
Entonces Jesús les dijo:
– Es Cierto, beberán de mi copa amarga y serán bautizados con mi bautismo de sufrimiento; pero no me corresponde a mí decir quién se sentará a mi derecha o a mi izquierda. Dios preparó esos lugares para quienes él ha escogido.” Mr. 10:35-40.

Frente a este fragmento bíblico tenés dos opciones. La primera sería juzgar la actitud de Santiago y Juan (quienes encarnan la situación). ¿Habían entendido algo? ¿O todavía creían en un Mesías terrenal que sería coronado en Jerusalén y por eso mismo le acompañaban hacia allá, para gobernar el mundo a su lado? ¿No les había quedado claro en Capernaúm, cuando debatían quién de ellos era el más importante, que quién quisiera ser el primero debía ser siervo de todos?  Nótese el énfasis en su respuesta “Claro que sí, ¡Podemos!”. ¿Estaban prestando atención?… ¡Qué fácil es ponerse del lado del jurado cuando uno no es el acusado!

Veamos una segunda opción. ¿Qué pasa si nosotros fuéramos los juzgados? Pongámonos en los zapatos de los protagonistas… Hasta hace poco tiempo, mi única expectativa era: ¿Pescaré mucho hoy? Mi destino estaba sellado al igual que el de mi padre Zebedeo, quién también era pescador. Un día, mientras me encontraba con mi hermano en la barca reparando la red, un nuevo rabí nos llamó a seguirlo. Ya me había resignado a no ser discípulo de ningún rabí, puesto que había pasado la edad de ser elegido. Pero él nos tomó por sorpresa a tal punto que, dejando todas nuestras pertenencias en su sitio, le seguimos; sabíamos que una oportunidad así no se daría dos veces. Rápidamente pasamos a ser del grupo de los doce y, junto con Pedro, fuimos de sus más allegados. Le vimos predicar como ningún otro sobre esta tierra; la gente era sana tan solo al rosar el borde de su manto; los fariseos fueron sus detractores desde el principio pues ellos mismos eran confrontados con su pecado; la hija de Jairo se levantó a la voz de “Talita Cumi”; aún a nosotros nos dio poder de sanar enfermos y expulsar demonios. Camino a Jerusalén, fuimos comprendiendo que él era el Mesías, aún así él insistía en que no lo dijéramos a nadie. Al poco tiempo nos llevó a una montaña alta donde su apariencia se tornó resplandeciente y con él aparecieron Moisés y Elías; confirmando lo que sospechábamos.  Si él se sentaría en el trono… ¿Acaso podría continuar poniéndonos sus más íntimos?…

¿Qué es lo que nos hace creer que nuestra actitud frente a Cristo sería diferente a la de los discípulos? ¿Está mal querer participar de todo lo que Cristo forma parte? En definitiva… ¿No se cumplió la palabra que ellos dijeron? ¿No fueron todos muertos por su causa en semejanza Cristo? Tal vez su actitud en inicio nos resulta chocante conociendo el final de nuestro Salvador. El maestro tuvo paciencia y no los juzgó, pero sus propios dichos se transformaron en una lección que permanece… ¿Acaso no he hecho yo también lo mismo? ¿Soy de los que han dicho “Claro que sí, puedo” y hoy se encuentra con el resultado de sus palabras? ¿Creo que haberlo hecho fue uno de mis momentos más lúcidos o no me arrepiento? ¿Cómo responderías a Cristo hoy? ¿Dirías “Claro que sí” o te daría miedo que el Señor haga realidad tus dichos?

“Por ese tiempo, el rey Herodes Agripa comenzó a perseguir creyentes de la iglesia. Mandó a matar a espada al apóstol Santiago (hermano de Juan). Cuando Herodes vio cuánto esto le agradó al pueblo judío, también arrestó a Pedro. (Eso sucedió durante la celebración de la Pascua).” Hechos 12:1-3.


Escrito por uno de nosotros.

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